Origen y Contexto
de la Obra

La creación de Rusalka

La Rusalka de Dvořák es una variación folclórica de un tema antiguo: la historia de una sirena que se enamora de un hombre.

Sirenas, ondinas y rusalcas

Se encuentran en todas las leyendas folclóricas de Europa: son bellas mujeres con colas de pez, siempre fascinantes y algunas veces peligrosas. Los ingleses las llamaban sirenas; los alemanes ondinas. Para los pueblos eslavos de Europa central y occidental, ellas son las rusalcas.

En verdad, en el folclore eslavo las rusalcas son espíritus, no criaturas mágicas. Cuando un niño que aún no había sido bautizado moría ahogado, o cuando una virgen se arrojaba al lago, se convertían en rusalcas que se aparecían en aquellas aguas. De acuerdo con las diferentes regiones, las rusalcas tomaban diferentes formas. En río Danubio, eran muchachas hermosas con voces encantadoras. En el norte de Rusia, eran criaturas poderosas y feas. En Bohemia, tierra natal de Dvořák, las rusalcas eran espíritus melancólicos que residían en tunkas, lagunas profundas en medio de los bosques.

En algunas ocasiones, las rusalcas salen del agua a visitar tierra firme. Cuenta la leyenda que cada mes de junio, por una semana, las rusalcas salen de los lagos y se suben a los árboles. Por la noche, descienden para cantar y bailar a la luz de la luna – y todo hombre que se les aproxima debe bailar hasta la muerte. Una vez que las rusalcas han desaparecido, la hierba donde ellas han pisado crece dura y salvaje.

Durante el siglo XIX, las sirenas se tornaron personajes comunes en la literatura, en el teatro y hasta en la ópera. En Undine (1811) de Friedrich de la Motte Fouqué, un espíritu del agua se casa con un caballero. Pero el espíritu regresa al agua después de que el caballero se enamora de una mujer humana.

Cuando él retorna a Undine, ella lo mata con un beso fatal. Undine era un cuento infantil popular del siglo XIX y fue adaptado para el escenario operístico por ETA Hoffman, autor de la historia original de “El Cascanueces”.

En la fábula La Sirenita (1837), de Hans Christian Andersen, una sirena se enamora de un príncipe. Ella sueña con hacerse mortal y casarse con él. Una bruja del mar le ofrece intercambiar la bella voz de la sirena por piernas humanas; con una condición: si el príncipe traiciona a la sirenita, ella se disolverá como la espuma de las olas. La sirena muda y el príncipe se enamoran, pero pronto él la deja por una princesa humana que puede hablar. La única opción que la sirena tiene para redimirse y regresar al agua es matar al príncipe; caso contrario, morirá. Ella escoge la muerte. Su bondad es recompensada cuando ella se convierte en una hija del aire, un espíritu que ayuda a la humanidad.

La Rusalka de Kvapil

El dramaturgo checo Jarolav Kvapil se basó en estas historias para crear su propia leyenda, Rusalka.

“Mi inspiración vino de la tierra de Andersen, en la isla de Bornholm, donde yo estaba veraneando. Las fábulas de Karel Jaromír Erben y Božena Nìmcová me acompañaron a la playa y allí, se fundieron con una de las fábulas de Andersen, el amor de mi niñez, y con el ritmo de las baladas de Erben, las más bellas baladas checas”, escribió el autor.

Kvapil transformó la trama de Andersen en un cuento de hadas checo. La Sirenita se torna en Rusalka. El nombre de la bruja del mar, Ježibaba, es oriundo de la traducción checa del drama “La Campana Sumergida”, de Gerhardt Hauptmann, que tiene una temática semejante. El climático beso de la muerte en la ópera fue extraído de Undine. Kvapil consiguió reunir todos estos elementos en un libreto encantador y efectivo. Pero a pesar de la atmósfera única de Rusalka y de su poesía cautivante, los primeros cuatro compositores a quien Kvapil ofreció su libreto lo rechazaron.

Dvořák y Rusalka

En 1900, Dvořák era un compositor importante y respetado, pero sus óperas no eran tan exitosas como sus obras orquestales. Algunas de sus primeras óperas sonaban como un Wagner recalentado, otras simplemente carecían de un buen libreto. Pero Dvořák nunca desistió de intentar conquistar su espacio en el mundo operístico. Eventualmente su esfuerzo comenzó a dar frutos con óperas como Dmitrij (1882) y El Diablo y Catalina (1898–90). “En estos últimos cinco años, sólo he escrito óperas. Quiero dedicar todas mis fuerzas, hasta cuando Dios me dé salud, para la creación de óperas. No por un antojo vano de gloria, sino porque considero que la ópera es la forma más apropiada para esta nación”, declaró Dvořák en una entrevista en 1904.

Cuando Dvořák leyó la Rusalka de Kvapil, se enamoró inmediatamente. Kvapil tenía escrito su libreto en el estilo de Antología de Leyendas Nacionales de K.J. Erben, y Dvořák ya había escrito una serie de poemas sinfónicos basados en las historias grandiosas y horripilantes de Erben. Pero la atracción de Dvořák por Rusalka iba más allá del estilo del libreto. De acuerdo con la creencia popular en Nelahozeves, su ciudad natal, Rusalka había sido inspirada parcialmente por memorias de la infancia del compositor, el recuerdo de unas fiestas de un conde de la región, donde los aristócratas se vestían como ninfas y el administrador de la propiedad se vestía de Señor (Duende) de las aguas. El bosque en Rusalka también tocó el profundo amor de Dvořák por la naturaleza. En el bosque próximo a su amada casa de verano, Vysoká, había una tunka aislada. Dvořák visitaba el lugar frecuentemente, y allí imaginaba a su heroína cantándole a la luna. Actualmente el lugar es apodado la “Laguna de Rusalka”.

Tal vez por causa de la conexión personal de Dvořák con la historia, Rusalka es su ópera más refinada y la más bella. La música envolvente de Dvořák retrata con una sonoridad encantadora el mundo de los espíritus melancólicos a la luz de la luna. La música es suntuosa, lírica y sensual: es música para perderse y para soñar. No es difícil comprender lo que Janáèek, el gran compositor operístico checo, escribió al escuchar la “Canción para la Luna”: “¿Sabe usted lo que se siente cuando alguien le está sacando las palabras de la boca? Del mismo modo, Dvořák ha sacado sus melodías de mi corazón”.



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